Amaneciendo entre cigüeñas (tras
asomarme al poema “Madrugada con pájaros” del peruano Enrique Sánchez Hernani)
Deambulaba por las calles de León
en una noche que lucía
de tránsito fresco, color ocre y luz dorada.
Bajo la estrellada bóveda celeste,
la gran calma y la soledad más luminosa
desvelaban la ciudad vibrando en el silencio
preñada de ausencia y de belleza.
Mis pasos resonaban en ese silencio sin mácula
y a mí mismo me escuchaba dulcemente en mis andares.
Se podia tocar la noche con la yema de los dedos
para alojarla en nuestro cuerpo bien adentro,
y algo estremecido respondía y parecía adensarse.
Era Verano
Por las calles,
algún coche solitario, mi vigor de juventud
y poco más ya casi rayando el alba.
Iniciaba el Camino de Santiago en plena noche tras
dejarme
el tren express a alguna hora intempestiva que no
recordaré.
Iba escaso de sueño
pero ebrio hervía de locura consagrada
a un misterio ubicuo,
a un no-saber.
Bien liviano no podría decir ni por qué me hallaba
ahí.
Eran mis pasos los que hablaban
dejándose llevar por una fuerza poderosa
que pugnaba en mi desorden.
Sin saber de mis andares andaba yo embelesado.
Simplemente andaba bajo el gran azul oscuro,
casi negro,
de la noche estrellada.
Aun recuerdo esa otra noche estrellada brindada
cierto día de niñez
como ofrenda de vino derramándose
en la mirada del infante de ojos bien abiertos.
Bastaba salir de la ciudad para que el mundo se
abriera en canal
y la vida rugiera desatada.
Estaba en el pueblo de mi padre
en esa Alcarria que me rozaba el alma
en los primeros lances de mi vida;
Hita, maravillas y dolores en la memoria...
Hita, desde tu matriz
se elevó desafiante una catedral de misterio…
Estábamos en León y su vereda
en la penumbra de la noche plena.
Me dirigí a la catedral para ahí acometer mi camino
a ese Santiago, al filo del Finisterre,
en el que el sol rojizo encuentra asiento en la mar.
Al llegar me dejé arrullar por un banco de cálida
madera.
Estaba en la plaza de la catedral ya rayando el alba
y algo aconteció rebosando generosa gratuidad;
simplemente se brindó.
Decenas de cigüeñas despertaban
y ofrecían su música en plena noche a las compañeras
que respondían
y a quien pudiera escucharlas.
Una suave algarabía irrumpió en el silencio
y sus repiqueteos,
crotoreo lo llaman,
saludaban al alba inaugurando el nuevo día y su pasaje.
Sus picos inferior y superior se entrechocaban
alumbrando un ritmo que se sostenía en el tiempo.
Entre el silencio y el ritmo se ordena el mundo
y la catedral quedaba vestida por esa música
para mi desconocida.
La magia de las cigüeñas en plena noche
arropando la catedral de León…
Su ritmo dotándola de una figura desconocida que
lamía,
discreto y deseoso,
sus doradas paredes relucientes.
Llegaba el alba y empezaba el camino.
Nada más desde el paraíso recio.

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